LA RESPONSABILIDAD DE LOS INTELECTUALES: CUBA, LOS ESTADOS UNIDOS Y LOS DERECHOS HUMANOS / The Responsibility of the Intellectuals: Cuba, the U.S. and Human Rights

REBELION, ESPAÑA 070503 - James Petras -Traducido para Rebelión por Manuel Talens
( www.manueltalens.com )

De nuevo, los intelectuales han decidido intervenir en un debate, esta vez sobre el imperialismo estadounidense y los derechos humanos en Cuba. “¿Qué importancia tiene el papel de los intelectuales?”, me pregunté a mí mismo un soleado sábado por la tarde (el 26 de abril de 2003), mientras paseábamos por la madrileña Puerta del Sol y el eco de los gritos contra Castro de varios centenares de manifestantes resonaba en la plaza casi vacía. A pesar de una docena de artículos y columnas de opinión de conocidos intelectuales en los principales periódicos de Madrid, de las horas de propaganda en radio y televisión y del apoyo de burócratas sindicales y jerifaltes de partidos, sólo acudieron a la convocatoria unos ochocientos manifestantes, la mayor parte de ellos exiliados cubanos. “Está claro”, me respondí, “que los intelectuales contrarios a Cuba tienen poco o ningún poder de convocación, al menos en España”.

Pero la impotencia política de los escritores contrarios a Castro no significa que los intelectuales en general no representen un papel importante; tampoco la falta de resonancia popular significa que carezcan de recursos, sobre todo si cuentan con el apoyo de la máquina guerrera y propagandística estadounidense, que amplifica y disemina sus palabras en todo el planeta. Para poder adoptar una decisión en el debate que bulle entre intelectuales sobre los derechos humanos en Cuba y el imperialismo estadounidense, vale la pena tomar distancias y considerar el papel de los intelectuales, el contexto y las principales cuestiones que enmarcan el conflicto entre los Estados Unidos y Cuba.

EL PAPEL DE LOS INTELECTUALES

El papel de los intelectuales consiste en clarificar las cuestiones más importantes y definir las amenazas a la paz, a la justicia social, a la independencia nacional y a la libertad en cada período histórico, así como en identificar y apoyar a los defensores de los mismos principios. Los intelectuales tienen la responsabilidad de distinguir entre las medidas defensivas tomadas por países y pueblos sometidos al ataque imperial y los métodos ofensivos del poder imperial en su campaña de conquista. El establecimiento de equivalencias morales entre la violencia y la represión de los países imperiales conquistadores y los del Tercer Mundo sometidos a ataques militares y terroristas es el colmo de la doblez y de la hipocresía. Los intelectuales responsables examinan críticamente el contexto político y analizan las relaciones entre el poder imperial y sus funcionarios locales a sueldo –los denominados “disidentes”–, en vez de otorgar un fíat moral basado en sus pocas luces y en sus imperativos políticos.

Los intelectuales comprometidos que pretenden hablar con autoridad moral, sobre todo los que presentan como garantía su crítica del imperialismo, tienen la responsabilidad política de desmitificar el poder y el estado y la manipulación de los medios, sobre todo en lo relativo a la retórica imperial de violaciones de derechos humanos por parte de estados independientes del Tercer Mundo. En los últimos tiempos hemos visto cómo demasiados intelectuales “progresistas” occidentales apoyaban o bien guardaban silencio ante la destrucción estadounidense de Yugoslavia y la limpieza étnica de más de 250.000 serbios, gitanos y otra etnias en Kosovo, y se tragaban la propaganda estadounidense de una “guerra humanitaria”. Todos los intelectuales de los Estados Unidos (Chomsky, Zinn, Wallerstein etc...) apoyaron el levantamiento fundamentalista en Afganistán –financiado por el Pentágono contra el gobierno civil prosoviético, con el pretexto de que la Unión Soviética había “invadido” el país y los fanáticos fundamentalistas eran “disidentes” que defendían la “autodeterminación”–, estratagema propagandística confesada y satisfactoriamente ejecutada por el jactancioso antiguo consejero de seguridad nacional Zbig Bryzinski. Tanto entonces como ahora, intelectuales prestigiosos blanden sus cartas credenciales pasadas como “críticos” de la política exterior estadounidense para prestar credibilidad a su denuncia poco informada de las presuntas transgresiones morales cubanas, y comparan la detención en Cuba de funcionarios pagados por el Ministerio de Asuntos Exteriores estadounidense y la ejecución de tres secuestradores terroristas con los crímenes de guerra del imperialismo estadounidense. Los practicantes de equivalencias morales aplican un microscopio a Cuba y un telescopio a Estados Unidos, lo cual les presta una cierta aceptabilidad entre los sectores liberales del imperio.

IMPERATIVOS MORALES Y REALIDAD CUBANA: LA MORALIDAD COMO FALTA DE HONRADEZ

Los intelectuales están divididos en lo relativo al conflicto entre los Estados Unidos y Cuba: Benedetti, Sastre, Petras, Sánchez-Vázquez, Pablo González Casanova y muchos otros defienden a Cuba; los intelectuales de la derecha, entre ellos Vargas Llosa, Savater y Carlos Fuentes, como era de esperar, han publicado sus diatribas habituales contra Cuba, y un pequeño ejército de intelectuales asimismo progresistas –Chomsky, Saramago, Galeano, Sontag, Zinn y Wallerstein– se ha unido el coro de condenas, agitando sus posiciones críticas anteriores en un esfuerzo por distinguirse tanto de los opositores de la derecha como de los cubanos a sueldo. Es este último grupo de “progresistas” el que le ha causado mayor daño al floreciente movimiento antiimperialista y estas líneas críticas van dirigidas a ellos.

La moralidad basada en la propaganda es una mezcla mortal –en particular cuando los juicios morales provienen de prestigiosos intelectuales izquierdistas y la propaganda emana de la administración ultraderechista de Bush.

Muchos de los críticos “progresistas” de Cuba reconocen, de pasada y en términos generales, que los Estados Unidos han sido un agresor hostil contra la isla, por lo que “generosamente” le conceden a este país el derecho a la autodeterminación, pero luego se lanzan a una serie de acusaciones infundadas y de falsificaciones desprovistas de cualquier contexto especial que hubiera podido servir para clarificar las cuestiones y proporcionar una base razonada a... “los imperativos morales”.

Lo mejor es empezar por los hechos más fundamentales. Los críticos de la izquierda, sobre la base del etiquetado del Ministerio de Asuntos Exteriores estadounidense, denuncian la represión del gobierno cubano de individuos, disidentes, periodistas, dueños de bibliotecas privadas y miembros de partidos políticos implicados en actividades políticas no violentas que intentan ejercer sus derechos democráticos. Lo que los “progresistas” no pueden o no quieren reconocer es que los detenidos eran funcionarios a sueldo del gobierno estadounidense. Según la Agencia de Desarrollo Internacional (AID), que es la principal agencia federal de subvenciones y préstamos para la implementación de la política exterior estadounidense, el Programa USAID destinado a Cuba (resultante de la ley Helms-Burton de 1996) ha canalizado desde 1997 más de 8,5 millones de dólares US a los opositores cubanos del régimen de Castro, destinados a publicaciones, encuentros y propaganda favorable al derrocamiento del gobierno cubano, en coordinación con ONG, universidades, fundaciones y otros grupos (véase Profile of the USAID Cuba Program, en el sitio web de AID). El programa U.S.AID, a diferencia de su estilo habitual, no envía los pagos al gobierno de Cuba, sino a su clientela cubana de “disidentes”. Los criterios para la financiación son meridianos: todo aquel que desee recibir pagos y subvenciones debe haber manifestado un claro compromiso favorable al “cambio de régimen”, propiciado por los Estados Unidos, hacia el “mercado libre” y la “democracia”, sin duda similar a la dictadura colonial estadounidense en Irak. La ley Helms-Burton, el Programa U.S.AID, los funcionarios cubanos a sueldo y el manifiesto progresista de los intelectuales “condenan la falta de libertad, el encarcelamiento de disidentes inocentes, y piden un cambio democrático de régimen en Cuba”. Se trata de extrañas coincidencias que requieren un análisis. Los periodistas cubanos que han recibido 280.000 dólares de Cuba Free Press no son disidentes, sino funcionarios a sueldo. Los grupos de “derechos humanos” cubanos, que recibieron 775.000 dólares de la tapadera de la CIA “Freedom House”, no son disidentes, dado que su misión consiste en promover la “transición” (el derrocamiento) del régimen cubano. La lista de subvenciones y pagos a “disidentes” (funcionarios) cubanos por parte del gobierno estadounidense es larga y detallada y accesible a todos los críticos progresistas morales. Lo que debe contar es que los opositores encarcelados por el gobierno cubano eran funcionarios a sueldo del gobierno estadounidense, pagados para poner en práctica los objetivos de la ley Helms-Burton según los criterios del U.S.AID y bajo la dirección de James Cason, el jefe de la Sección de la US Interest Section en La Habana. Entre el 2 de septiembre de 2002 y marzo de 2003, Cason mantuvo docenas de reuniones con sus “disidentes” cubanos, tanto en su casa como en su oficina, para darles instrucciones y directrices sobre qué escribir y cómo reclutar, mientras que pronunciaba arengas públicas contra el gobierno cubano, de manera muy poco diplomática. USAID proporcionó a los funcionarios cubanos a sueldo de Washington equipos de comunicación electrónica, libros y otros materiales de propaganda, así como dinero para financiar “sindicatos” favorables a los Estados Unidos a través de la tapadera denominada “American Center for International Labor Solidarity”. No se trata de bienintencionados “disidentes” que desconocen quién les paga y cuál es su papel como agentes imperiales, puesto que el informe de USAID (en la sección titulada “The US Institutional Context”) señala que el Programa de Cuba está financiado a través del Fondo de Apoyo Económico, cuyo objetivo consiste en apoyar los intereses económicos y de política exterior de los Estados Unidos mediante ayudas financieras a aliados [sic] y a países en transición hacia la democracia”.

Ningún país del mundo tolera o etiqueta de “disidentes” a aquellos entre sus ciudadanos que están a sueldo y trabajan para promover los intereses imperiales de un poder extranjero. Esto es sobre todo verdad en los Estados Unidos, donde el apartado 18 de la sección 951 del U.S. Code establece que “cualquiera que dentro de los Estados Unidos acepte trabajar bajo la dirección o el control de un gobierno o funcionario extranjero podrá ser sometido a procesamiento penal y una condena de diez años cárcel”. Salvo que, desde luego, esté inscrito como agente extranjero a sueldo o trabaje para el gobierno israelí.

Los intelectuales “progresistas” estadounidenses han abdicado de sus responsabilidades como analistas y críticos y aceptan sin poner en entredicho que el Ministerio de Asuntos Exteriores de los Estados Unidos califique a sus funcionarios a sueldo de disidentes que luchan por la “libertad”.

Algunos defensores de los agentes-disidentes protestan porque estos funcionarios fueron condenados a “sentencias escandalosamente largas”. De nuevo, la miopía empírica da lugar a moralizaciones mendaces. Cuba se halla en pie de guerra. El gobierno de Bush ha declarado que el país está en la lista de objetivos militares susceptibles de invasión y de destrucción masiva. Y, por si acaso nuestros intelectuales moralistas no están al corriente, Bush, Rumsfeld y los halcones sionistas de la Administración cumplen lo que dicen. La total falta de seriedad de Chomsky, Zinn, Sontag y los dictados morales de Wallerstein se deben a que no logran reconocer la amenaza inminente de una guerra estadounidense con armas de destrucción masiva, anunciada por adelantado. Esto resulta particularmente oneroso si consideramos que muchos de los detractores de Cuba viven en los Estados Unidos, leen la prensa estadounidense y son conscientes de hasta qué punto a las declaraciones militaristas suelen seguir acciones genocidas. Pero a nuestros moralistas no les preocupa el contexto ni las amenazas inmediatas o futuras contra Cuba, pues prefieren ignorar todo para demostrarle al Departamento de Estado que no sólo se oponen a la política exterior estadounidense, sino que también condenan a cada país, sistema o líder independiente que se oponga a los Estados Unidos. En otras palabras, señor Ashcroft, cuando castigue usted a los “apólogos” del “terror” cubano, recuerde que nosotros somos diferentes, también condenamos a Cuba y también exigimos un cambio de régimen.

Los críticos de Cuba no hacen caso de que los Estados Unidos han puesto en marcha una estrategia politicomilitar de dos vertientes, con el objetivo de controlar el país. Washington proporciona asilo a piratas del aire, hace todo lo posible para desestabilizar la economía turística de Cuba y trabaja estrechamente con la terrorista Cuban American Foundation en sus intentos de asesinato de líderes cubanos. Hay nuevas bases estadounidenses en la República Dominicana, Colombia y El Salvador y un campo de concentración cada vez mayor en Guantánamo, y todo ello con el objetivo de facilitar una invasión. El embargo estadounidense es cada vez más intenso, con el apoyo de los regímenes derechistas de Berlusconi en Italia y de Aznar en España. La actividad agresiva y abiertamente política de James Cason, de la Interest Section, similar a la de sus seguidores cubanos entre los funcionarios-disidentes, forma parte de la estrategia interior diseñada para minar la lealtad cubana hacia el régimen y la revolución. Nuestros prestigiosos críticos intelectuales han decidido ignorar la conexión existente entre ambas tácticas y su convergencia estratégica, pues prefieren darse el lujo de emitir prédicas morales sobre la libertad en todas partes y para todos, incluso cuando un Washington psicópata coloca el cuchillo en la garganta de Cuba. No, gracias, señores Chomsky, Sontag y Wallerstein, Cuba actúa con toda la razón cuando les pega a sus atacantes una patada en las pelotas y los envía a que se ganen honradamente la vida cortando caña.

La pena de muerte para los tres terroristas que secuestraron un bote es un duro tratamiento, pero igual de dura era la amenaza que pesó sobre las vidas de cuarenta pasajeros cubanos que afrontaron la muerte a manos de los secuestradores. De nuevo, nuestros moralistas olvidan hablar de los actos temerarios de piratería aérea y de otros complots descubiertos a tiempo. Los moralistas no logran entender por qué estos terroristas desesperados buscan escapar de Cuba de manera ilegal. La Administración de Bush ha eliminado prácticamente el programa de visados para emigrantes cubanos que deseen marcharse. Los visados han disminuido desde 9000 durante los cuatro primeros meses de 2002 a 700 en 2003. Se trata de una táctica sutil para alentar actos terroristas en Cuba y luego denunciar las duras sentencias, que a su vez hacen cantar el coro de los que dicen sí en el rincón del amén de la progresía intelectual estadounidense y europea. ¿Es simplemente ignorancia lo que hay tras estas declaraciones morales contra Cuba o es algo más, un chantaje moral destinado a obligar a sus colegas cubanos a rebelarse contra su régimen, su gente, so pena de afrontar el oprobio de intelectuales prestigiosos y de verse todavía más aislados y estigmatizados como “apólogos de Castro”? Por un lado están las amenazas explícitas de Saramago de abandonar a sus amigos cubanos y de abrazar la causa de los funcionarios a sueldo de los Estados Unidos. Por el otro, las amenazas implícitas de no volver a Cuba y de boicotear sus conferencias. ¿Es una cobardía moral el salir en defensa del imperio y meterse con Cuba justo cuando ésta se enfrenta a una amenaza de destrucción masiva por haber encarcelado agentes a sueldo, decisión que cualquier país del mundo hubiera tomado? Lo que resulta francamente vergonzoso es que hagan caso omiso de los enormes logros de la revolución cubana en el empleo, la educación, la salud y la igualdad, de su heroica oposición, basada en los principios, a las guerras imperiales –Cuba es el único país que lo dice claramente– y de su capacidad de resistir casi cincuenta años de invasiones. ¡¡Eso no cuenta nada para los intelectuales estadounidenses, eso es escandaloso!! La actitud de los intelectuales es una desgracia, una marcha atrás en busca de respetabilidad después de haberse “atrevido” a oponerse a la guerra estadounidense junto con otros treinta millones de personas en el mundo. Éste no es el momento de “equilibrar” las cosas condenando Cuba, pidiendo un cambio de régimen o apoyando la causa de los funcionarios-disidentes cubanos “adictos al “mercado”.

Vale la pena recordar que los mismos intelectuales progresistas apoyaron a “disidentes” financiados por Soros y por el Ministerio de Asuntos Exteriores de los Estados Unidos en la Europa del Este y en la Unión Soviética. Los “disidentes” entregaron el país a la mafia rusa, tras lo cual la esperanza de la vida disminuyó cinco años (más de 10 millones de rusos murieron de forma prematura tras la ruina del sistema sanitario nacional), mientras que en Europa Oriental los “disidentes” cerraron los astilleros de Gdansk, ingresaron en la OTAN y proporcionaron mercenarios para la conquista estadounidense de Irak. Brilla por su ausencia entre estos partidarios actuales de los “disidentes” cubanos cualquier reflexión crítica sobre los resultados catastróficos de sus diatribas anticomunistas y de sus manifiestos a favor de los “disidentes” que hoy son soldados del imperio estadounidense en Oriente Próximo y en la Europa central. Nuestros moralistas estadounidenses no han reflexionado nunca –lo repito, nunca– de manera crítica sobre sus fracasos morales pasados o presentes, ya que, mire usted, están a favor de la “libertad en todas partes”, incluso cuando la gente “equivocada” toma el poder y el “otro” imperio lo asume y millones de seres mueren de enfermedades curables y florecen las redes de esclavitud blanca. Su respuesta es siempre la misma: “Esto no es que queríamos, deseábamos una sociedad libre, justa e independiente, pero cuando exigíamos un cambio de régimen y apoyábamos a los disidentes nunca sospechamos que el imperio se quedaría con todo, se convertiría en la única superpotencia y de dedicaría a colonizar el mundo”.

Los intelectuales moralistas deben aceptar la responsabilidad política de las consecuencias sin esconderse tras tópicos morales abstractos, ni en el caso de su complicidad pasada con el auge de imperio ni en el de sus escandalosas declaraciones actuales contra Cuba. No pueden alegar que desconocen las repercusiones de lo que dicen y de lo que hacen. No pueden pretender inocencia después de todo lo que han visto, han leído y han escuchado sobre los proyectos estadounidenses de guerra contra Cuba.

La autora y promotora principal de la declaración anticubana en los Estados Unidos (firmada por Chomsky, Zinn y Wallerstein) es Joanne Landy, que se declara “socialista democrática” y que desde hace cuarenta años aboga por el derrocamiento violento del gobierno cubano. En la actualidad es miembro del Council on Foreign Relations (CFR), una de las principales instituciones que desde hace medio siglo han asesorado al gobierno estadounidense en política imperial. Landy apoyó públicamente la invasión estadounidense de Afganistán y de Yugoslavia, así como a la organización terrorista albanesa KLA, responsable del asesinato de dos mil serbios y de la limpieza étnica de cientos de miles de serbios y otros grupos en Kosovo. No sorprende en absoluto que la declaración escrita por esta camaleónica extremista de derecha no contenga mención alguna a los logros sociales de Cuba y a su oposición frente al imperialismo. Preciso es señalar, además, que a lo largo de su ascensión a posiciones influyentes en el CFR, Landy fue una opositora visceral de la revolución china, de la vietnamita y de otras revoluciones sociales.

Por mucho que se jacten de su conciencia crítica, los intelectuales “progresistas” han pasado por alto la indeseable política de la autora que promovió la diatriba contra Cuba.

EL PAPEL DEL INTELECTUAL EN LA ACTUALIDAD

Muchos críticos de Cuba hablan de “principios” como si fuesen algo único y aplicable a todas las situaciones, con independencia de quién esté implicado y de las consecuencias. La aplicación de “principios” como el de la “libertad” a los responsabilizados de la planificación del derrocamiento del gobierno cubano en complicidad con el Ministerio de Asuntos Exteriores de los Estados Unidos convertiría a Cuba en otro Chile –donde Allende fue derrocado por Pinochet– y conduciría a una inversión de las ventajas populares de la revolución. Hay principios más básicos que la libertad para funcionarios cubanos a sueldo del imperio, y son la seguridad nacional y la soberanía popular. Existe una cierta atracción, sobre todo entre la izquierda progresista estadounidense, por las víctimas del Tercer Mundo, por quienes sufren derrotas, así como una aversión por los revolucionarios que tienen éxito. Al parecer, los intelectuales estadounidenses progresistas siempre encuentran una coartada para evitar comprometerse con la revolución. Si el estado juega un papel importante en la economía o tienen lugar movilizaciones de masas, sacan el viejo estribillo del “estalinismo” y hablan de “dictaduras plebiscitarias”; y si las agencias de seguridad previenen satisfactoriamente la actividad terrorista, hablan de “estado policiaco represor”. El hecho de vivir en la nación menos politizada de la tierra, con uno de los aparatos sindicales más serviles y corruptos de Occidente y sin ninguna influencia política fuera de los campus universitarios, hace que los intelectuales de los Estados Unidos no tengan ningún conocimiento práctico o experiencia de las amenazas cotidianas y de la violencia que pende sobre los gobiernos revolucionarios y sobre los activistas en América Latina. Sus conceptos políticos, los criterios que esgrimen para condenar o aprobar cualquier actividad política, no existen en ninguna parte excepto en sus cabezas, en su agradable y progresista entorno universitario, donde disfrutan de todos los privilegios de la libertad capitalista y no corren ninguno de los riesgos contra los que los revolucionarios del Tercer Mundo deben defenderse. Un poco de modestia, queridos intelectuales prestigiosos, críticos y predicadores de libertad. Hagan introspección y pregúntense si les gustaría caer en manos de una organización terrorista con sede en Miami. Pregúntense si les resultaría agradable estar sentados en el café de uno de los principales hoteles turísticos de La Habana y que de pronto estallara una bomba, un regalito de los terroristas que toman cerveza con Jeb, el hermano del Presidente. Piensen en lo que es la vida en un país que está en el número uno de la lista negra del régimen imperial más violento que ha existido desde la Alemania nazi. Si lo hacen, quizá sus sensibilidades morales atenuarían sus condenas de la política de seguridad cubana y podrían contextualizar sus escrúpulos morales.

Quiero concluir estas líneas estableciendo mis propios “imperativos morales”, dedicados a los intelectuales críticos.

El primer deber de los intelectuales de Europa y de América consiste en oponerse a sus propios dirigentes imperiales que pretenden conquistar el mundo.

El segundo deber consiste en clarificar las cuestiones morales implicadas en la lucha entre militaristas imperiales y la resistencia popular/nacional y en rechazar la postura hipócrita que compara el terror de masas del uno con las restricciones justificadas y a veces excesivas de seguridad del otro.

El intelectual crítico debe establecer normas de integridad política y personal con respecto a los hechos y cuestiones antes de emitir juicios morales.

El intelectual crítico debe resistir a la tentación de convertirse en “héroe moral del imperio” por el hecho de negarse a apoyar las luchas victoriosas populares y los regímenes revolucionarios, que no son perfectos y que carecen de todas las libertades puestas a la disposición de los intelectuales impotentes e incapaces de amenazar al poder (que, por eso mismo, gozan del derecho de reunión, de discusión y de crítica).

El intelectual crítico debe negarse a ser el juez, el fiscal y el jurado que condena a los progresistas que tienen el coraje de defender a los revolucionarios. El ejemplo más ridículo de esto ha sido el burdo ataque de Susan Sontag contra el novelista y premio Nobel colombiano Gabriel García Márquez, al que acusó de falta de integridad y de ser un apólogo del terror cubano [sic]. Sontag profirió su acusaciones difamatorias en Bogotá (Colombia). Las brigadas de la muerte colombianas, que trabajan con el régimen y con los militares, han matado a más sindicalistas y periodistas que en cualquier lugar en el mundo, y lo hacen por mucho menos que por ser “un apólogo” del régimen de Castro. Se trata de la misma Sontag que fue partidaria entusiasta de la invasión imperial estadounidense y del bombardeo de Yugoslavia, apóloga del régimen fundamentalista bosnio y testigo silenciosa de la matanza y de las limpiezas étnicas de serbios y otras etnias en Kosovo. ¡Menuda integridad moral! El inestimable sentido de superioridad que poseen los intelectuales de Nueva York hace que Sontag pueda señalar con el dedo a García Márquez y se quede convencida de que ha hecho una gran declaración moral.

Los intelectuales de Europa y de los Estados Unidos no deberían confundir su propia inutilidad política y su posición inconsecuente con las de sus colegas los intelectuales comprometidos latinoamericanos. Hay lugar para el diálogo constructivo y el debate, pero nunca para los ataques personales ofensivos contra individuos que viven amenazados a diario.

A los intelectuales críticos les resulta fácil ser “amigos de Cuba” en los buenos tiempos de celebraciones, cuando los invitan a dar conferencias Es mucho más difícil ser “amigo de Cuba” cuando un imperio totalitario amenaza a la isla heroica y pone sus pesadas manos sobre los defensores.

Es en tiempos como los actuales –con guerras permanentes, genocidios y agresiones militares–, cuando Cuba necesita la solidaridad de los intelectuales críticos, solidaridad que está recibiendo de todas partes de Europa y, en particular, de América Latina. Ya va siendo hora de que nosotros, en los Estados Unidos, con nuestros ilustres y prestigiosos intelectuales progresistas, de sensibilidades morales majestuosas, reconozcamos que hay una revolución vital, heroica, que lucha para defenderse contra el gigante del norte y, modestamente, dejemos de lado nuestras importantes declaraciones, apoyemos esa revolución y nos unamos al millón de cubanos que acaban de celebrar el 1 de mayo con su líder, Fidel Castro.


The Responsibility of the Intellectuals: Cuba, the U.S. and Human Rights
by James Petras

Isn’t it time that we, in the United States, with our illustrious and prestigious progressive intellectuals with all our majestic moral sensibilities recognize that there is a vital, heroic revolution struggling to defend itself against the U.S. juggernaut and that we modestly set aside our self-important declarations, support that revolution and join the one million Cubans celebrating May Day with their leader Fidel Castro?

The Responsibility of the Intellectuals: Cuba, the U.S. and Human Rights

James Petras – May 1, 2003

Rebelion

Once again the intellectuals have entered into the center of a debate – this time over the issues of U.S. imperialism and human rights in Cuba. “How important is the role of the intellectuals?”, I asked myself as we walked past the Puerto del Sol in Madrid on a sunny Saturday afternoon ( April 26, 2003 ) and heard the anti-Castro slogans of a few hundred protestors echoing through the near empty plaza. Despite a dozen articles and opinion columns by well known intellectuals in the leading Madrid newspapers, and hours of television and radio propaganda and endorsements by the major trade union bureaucrats and party bosses, only 700-800, mostly Cuban exiles turned up to attack Cuba. “Clearly,” I thought, “the anti-‘Cuban intellectuals have little or no power of convocation, at least in Spain.” But the political impotence of the anti-Castro writers does not mean that intellectuals in general do not play an important role; nor does the lack of a popular audience mean that they are without resources, especially if they do have the backing of the U.S. war and propaganda machine, amplifying and disseminating their word throughout the world. In order to come to reason about the debate raging between intellectuals on the issues of human rights in Cuba and U.S. imperialism it is important to step back and consider the role of the intellectuals, the context and major issues that frame the U.S.-Cuba conflict.

The Role of the Intellectuals


The role of the intellectuals is to clarify the major issues and define the major threats to peace, social justice, national independence and freedom in each historical period as well as to identify and support the principal defenders of the same principles. Intellectuals have a responsibility to distinguish between the defensive measures taken by countries and peoples under imperial attack and the offensive methods of imperial powers bent on conquest. It is the height of cant and hypocrisy to engage in moral equivalences between the violence and repression of imperial countries bent on conquest with that of Third World countries under military and terrorist attacks. Responsible intellectuals critically examine the political context and analyze the relationships between imperial power and their paid local functionaries who they describe as “dissidents” – they do not issue moral fiats according to their dim lights and their political imperatives. Committed intellectuals who claim to speak with moral authority, especially those who lay claim to being critics of imperialism, have a political responsibility to demystify power and state and media manipulation particularly in relation to imperial rhetoric of human rights violations by independent Third World states. We have in recent times seen too many self-styled “progressive” Western intellectuals supporting or silent on the U.S. destruction of Yugoslavia, the ethnic cleansing of over 250,000 Serbs, gypsies and others in Kosovo, buying into the U.S. propaganda of a “humanitarian intervention”. All the U.S. intellectuals (Chomsky, Zinn, Wallerstein etc…) supported the U.S.-financed violent fundamentalist uprising in Afghanistan against the Soviet-backed secular government in Afghanistan – under the pretext that the Soviet Union “invaded” Afghanistan and the fundamentalist fanatics entering the country from all over the world were the “dissidents” defending “self-determination” – an admitted propaganda ploy successfully executed by the boastful former National Security Adviser, Zbig Bryzinski. Then and now prestigious intellectuals brandish their past credentials as “critics” of U.S. foreign policy to give credibility to their uninformed denunciation of alleged Cuban moral transgressions, equating
Cuba’s arrest of paid functionaries of the U.S. State Department and the execution of three terrorist kidnapers with the genocidal war crimes of U.S. imperialism. The practitioners of moral equivalents apply a microscope to Cuba and a telescope to U.S. – which gives them a certain acceptability among the liberal sectors of the empire.


Moral Imperatives and Cuban Realities: Morality as Dishonesty

Intellectuals are divided on the U.S.-Cuba conflict: Benedetti, Sastre, Petras, Sanchez-Vazquez and Pablo Gonzalez Casanova and scores of others defend Cuba; right-wing intellectuals including Vargas Llosa, Savater, and Carlos Fuentes have predictably issued their usual diatribes against Cuba; and a small army of otherwise progressive intellectuals – Chomsky, Galeano, Saramago, Sontag, Zinn and Wallerstein – have joined the chorus condemning Cuba, waving their past critical postures in an effort to distinguish themselves from the right-wing/State Department Cuban opponents. It is the latter “progressive” group which has caused the greatest harm among the burgeoning anti-imperialist movement and it is to them that these critical remarks are directed. Morality based on propaganda is a deadly mix – particularly when the moral judgements come from prestigious leftist intellectuals and the propaganda emanates from the far-right Bush administration. Many of the “progressive” critics of Cuba acknowledge, in passing and in a general way, that the U.S. has been a hostile aggressor against Cuba, and they “generously” grant Cuba the right to self-determination – and then launch into a series of unsubstantiated charges and misrepresentations devoid of any special context that might serve to clarify the issues and provide a reasoned basis for …”moral imperatives”.

It is best to begin with the most fundamental facts. The left critics, based on U.S. State Department labeling, denounce the Cuban government’s repression of individuals, dissidents, including journalists, owners of private libraries and members of political parties engaged in non-violent political activity trying to exercise their democratic rights. What the “progressives” fail to recognize or are unwilling to acknowledge is that those arrested were paid functionaries of the U.S. government. According to the Agency of International Development (AID), the principal U.S. federal agency implementing U.S. grants and loans in pursuit of U.S. foreign policy, under USAID’s Cuba Program ( resulting from the Helms-Burton Act of 1996) AID has channeled over $8.5 million dollars to Cuban opponents of the Castro regime since 1997 to publish, meet, propagandize in favor of the overthrow of the Cuban government in co-ordination with a variety of U.S. NGO’s, universities, foundations and other front groups. (Profile of the USAID Cuba Program – on the AID web site ).

The U.S.AID program, unlike its usual practice, does not channel payments to the Cuban government but directly to its Cuban “dissident” clients. The criteria for funding are clearly stated – the recipients of payments and grants must have demonstrated a clear commitment to U.S. directed “regime change” toward “free markets” and “democracy” – no doubt similar to the U.S. colonial dictatorship in Iraq. The Helms-Burton legislation, the U.S.AID Cuba Program and their paid Cuban functionaries, like the U.S. progressive manifesto, “ condemn Cuba’s lack of freedom, jailing of innocent dissidents, and call for a democratic change of regime in Cuba”. Strange coincidences that require some analyses. Cuban journalists who have received $280,000 from a Cuba Free Press -AID front- are not dissidents they are paid functionaries. Cuban “Human Rights” groups who receive $775,000 from CIA front “Freedom House” are not dissidents – particularly when their mission is to promote a “transition” (overthrow) of the Cuban regime. The list of grants and funding to Cuban “dissidents” (functionaries) by the U.S. government in pursuit of the U.S. policy is long and detailed and accessible to all the progressive moral critics.

The point is that the jailed opponents of the Cuban government were paid functionaries of the U.S. government, paid to implement the goals of the Helms-Burton Act in accordance with the criteria of the U.S.AID and under the guidance and direction of the head of the U.S. Interest Section in Havana. Between September 2, 2002 and March 2003 James Cason, head of the US Interest Section, held dozens of meetings with his Cuban “dissidents” at his home and office, providing them with instructions and guidelines on what to write, how to recruit, while publicly haranging against the Cuban government in the most undiplomatic manner. Washington’s Cuban functionaries were supplied with electronic and other communication equipment by USAID, books and other propaganda and money to fund pro-U.S. “trade unions” via the U.S. front, the “American Center for International Labor Solidarity”. These are not well-meaning “dissidents” unaware of their paymaster and their role as U.S. agents, since the USAID report states ( under the section entitled “The US Institutional Context”), “The Cuba Program is funded through Economic Support Fund, which is designed to support the economic and political foreign policy interests of the US by providing financial assistance to allies (sic) and countries in transition to democracy”.

No country in the world tolerates or labels domestic citizens paid by and working for a foreign power to act for its imperial interests as “dissidents”. This is especially true of the U.S. where under Title 18 ,Section 951 of the U.S. Code , “anyone who agrees to operate within the United States subject to the direction or control of a foreign government or official would be subjected to criminal prosecution and a 10 year prison sentence”. Unless , of course, they register as a paid foreign agent or are working for the Israeli government. The U.S. “progressive” intellectuals abdicate their responsibilities as analysts and critics and accept at face value the State Department characterization of the U.S. paid functionaries as dissidents striving for “freedom”. Some defenders of the U.S. agent-dissidents claim that the functionaries received “scandalously long sentences”. Once again empirical myopia compounds mendacious moralizing. Cuba is on a war footing. The Bush government has declared that Cuba is on the list of military targets subject to mass destruction and war. And in case our moralistic intellectuals don’t know it : What Bush, Rumsfeld and the war-mongering Zionists in the Administration say -- they do.

The total lack of seriousness in Chomsky, Zinn, Sontag, Wallerstein’s moral dictates is that they fail to acknowledge the imminent and massive threat of a U.S. war with weapons of mass destruction, announced in advance. This is particularly onerous given the fact that many of Cuba’s detractors live in the U.S., read the U.S. press and are aware of how quickly militaristic pronouncements are followed by genocidal actions. But our moralists are not bothered by context, by U.S. threats to Cuba immediate or proximate, they are eager to ignore it all to demonstrate to the State Department that they not only oppose U.S. foreign policy but also condemn every independent country, system and leader who opposes the U.S. In other words, Mr. Ashcroft, when you crack down on the “apologists” for Cuban “terror”, remember that we are different, we too condemned Cuba, we too called for a change of regime.

The critics of Cuba ignore the fact that the U.S. has a two-pronged military-political strategy to take over Cuba that is already operative. Washington provides asylum for terrorist air pirates, encouraging efforts to destabilize Cuba’s tourist-based economy; it works closely with the terrorist Cuban American Foundation engaging in attempts to assassinate Cuban leaders. New U.S. military bases have been established in the Dominican Republic, Colombia, El Salvador and there is an expanding concentration camp in Guantanomo – all to facilitate an invasion. The U.S. embargo is in the process of being tightened with the support of the right-wing Berlusconi and Aznar regimes in Italy and Spain. The aggressive and openly political activity of James Cason of the Interest Section in line with his Cuban followers among the paid functionaries/ “dissidents” is part of the inside strategy designed to undermine Cuban loyalties to the regime and the revolution. The inter-connection between the two tactics and their strategic convergence is ignored by our prestigious intellectual critics who prefer the luxury of issuing moral imperatives about freedom everywhere for everyone, even when a psychotic

Washington puts the knife to Cuba’s throat. No thanks, Chomsky, Sontag, Wallerstein – Cuba is justified in giving its attackers a kick in the balls and sending them to cut sugar cane to earn an honest living. The death penalty for three ferry boat terrorists is harsh treatment – but so was the threat to the lives of forty Cuban passengers who faced death at the hands of the hijackers. Again our moralists forgot to discuss the rash acts of air piracy and the plots of others uncovered in time. The moralists failed to understand why these terrorists desperadoes are seeking illegal means to leave Cuba. Bush’s Administration has practically eliminated the visa program for Cuban emigrants wishing to leave. Visa grants have declined from 9000 for the first four months of 2002 to 700 in 2003. This is a clever tactic to encourage terrorist acts in Cuba and then denounce the harsh sentences, evoking the chorus of ‘yea’ sayers in the ‘Amen’ corner of the progressive U.S. and European intellectual establishment. Is it simply ignorance which informs these moral pronouncements against Cuba or is it something else besides – moral blackmail? , to force their Cuban counterparts to turn against their regime, their people or face the opprobrium of the prestigious intellectuals – to become further isolated and stigmatized as “apologists of Castro”.

Explicit threats by Saramago to abandon his Cuban friends and embrace the cause of U.S. paid functionaries. Implicit threats of no longer visiting Cuba and to boycott conferences. Is it moral cowardice to pick up the cudgels for the empire and pick on Cuba when it faces the threat of mass destruction over the freedom of paid agents, subject to prosecution by any country in the world? What is eminently dishonest is to totally ignore the vast accomplishments of the revolution in employment, education, health, equality, and Cuba’s heroic and principled opposition to imperial wars – the only country to so declare – and its capacity to resist almost 50 years of invasions. That counts for nothing for the U.S. intellectuals – that is scandalous!! That is a disgrace, a retreat in search of respectability after “daring” to oppose the U.S. war along with 30 million other people in the world. It is not time to “balance” things out – by condemning Cuba, by calling for a regime change, by supporting the cause of the “market oriented” Cuban functionary-dissidents. Let us remember the same progressive intellectuals supported “dissidents” in Eastern Europe and Soviet Union who were bankrolled by Soros and the U.S. State Department.

The “dissidents” turned the country over to the Russian mafia, life expectancy declined five years ( over 10 million Russians died prematurely with the sacking of the national health system), while in Eastern Europe “dissidents” closed the shipyards of Gdansk , enrolled in NATO and provided mercenaries for the U.S. conquest of Iraq. And never among these current supporters of Cuban “dissidents” is there any critical reflection on the catastrophic outcomes resulting from their anti-communist diatribes and their manifestos in favor of the ‘dissidents’ who have become the soldiers of the U.S. Middle Eastern and Central European empire. Our U.S. moralists never, I repeat, never, ever reflected critically on their moral failures, past or present because, you see, they are for “freedom everywhere”, even when the “wrong” people get into power and the “other” empire takes over, and the millions die from curable diseases and white slavery rings expand. The reply is always the same: “That’s not what we wanted – we were for an independent, free and just society – it just happened that in calling for regime change, support for dissidents, we never suspected that the Empire would ‘take it all’, would become the only superpower, and engage in colonizing the world.”

The moral intellectuals must accept political responsibility for the consequences and not hide behind abstract moral platitudes, neither for their past complicity with empire building nor their present scandalous pronouncements against Cuba. They cannot claim they don’t know the repercussions of what they are saying and doing. They cannot pretend innocence after all they we have seen and read and heard about U.S. war plans against Cuba.

The principal author and promoter of the anti-Cuban declaration in the United States (signed by Chomsky, Zinn and Wallerstein) was Joanne Landy, a self-declared “democratic socialist”, and lifelong advocate of the violent overthrow of the Cuban government – for the past 40 years. She is now a member of the Council on Foreign Relations (CFR), one of the major institutions advising the U.S. government on imperial policies for over a half century. Landy supported the U.S. invasion of Afghanistan, Yugoslavia and the Albanian terrorist group, the KLA – calling publicly for overt military support – responsible for the murder of 2000 Serbs and the ethnic cleansing of hundreds of thousands of Serbs and others in Kosova. It is no surprise that the statement authored by this chameleon right-wing extremist contained no mention of Cuba’s social accomplishments and opposition to imperialism. For the record, it should be noted, that Landy was a visceral opponent of the Chinese, Vietnamese and other social revolutions in her climb to positions of influence in the CFR. For all their vaunted critical intellect, the “progressive” intellectuals overlooked the unsavory politics of the author who promoted the anti-Cuba diatribe.


The Role of the Intellectual Today

Many critics of Cuba speak of “principles” as if there were only one set of principles applicable to all situations independent of who is involved and what are the consequences. Asserting “principles” like “freedom” for those involved in plotting the overthrow of the Cuban government in complicity with the State Department would turn Cuba into another Chile – where Allende was overthrown by Pinochet – and lead to a reversal of the popular gains of the revolution. There are principles that are more basic than freedom for U.S. Cuban functionaries , that is , national security and popular sovereignty. There is, particularly among the U.S. progressive left, a certain attraction to Third World victims, those who suffer defeats ,and an aversion for successful revolutionaries. It seems that the U.S. progressive intellectuals always find an alibi to avoid a commitment to a revolution. For some it is the old refrain “Stalinism” – if the state plays a major role in the economy; or it can be mass mobilizations – that they dub “plebicitary dictatorships”, or it can be security agencies which successfully prevent terrorist activity which they call a “repressive police state”. Living in the least politicized nation in the world with one of the most servile and corrupt trade union apparatus in the West, with virtually no practical political influence outside a few university towns, the practical intellectuals in the U.S. have no practical knowledge or experience of the everyday threats and violence which hangs over revolutionary governments and activists in Latin America. Their political conceptions, the yardsticks they pull out to condemn or approve of any political activity, exists nowhere except in their heads, in their congenial, progressive, university settings where they enjoy all the privileges of capitalist freedom and none of the risks which Third World revolutionaries have to defend themselves against. A little modesty, dear prestigious, critical, freedom preaching intellectuals. Look deep inside and ask yourself if you would like to be pirated by a Miami-based terrorist organization. Ask yourself if you would enjoy sitting in a café in a major tourist hotel in Havana when a deadly bomb goes off – greetings from the terrorists taking a beer with the President’s brother, Jeb. Think about living in a country which is on the top of the hit list of the most violent imperial regime since Nazi Germany – and then perhaps your moral sensibilities might awaken to the need to temper your condemnations of Cuban security policies and contextualize your moral fiats. I want to conclude by establishing my own “moral imperatives” – for the critical intellectuals.


The first duty of Euro-U.S. intellectuals is to oppose their own imperial rulers set on conquering the world.
The second duty is to clarify the moral issues involved in the struggle between imperial militarists and popular/national resistance and reject the hypocritical posture that equates the mass terror of one with the justified if at times excessive security constraints of the other.
To establish standards of political and personal integrity with regards to the facts and issues before making moral judgements.
Resist the temptation to become a “moral hero of the empire” by refusing to support victorious popular struggles and revolutionary regimes which are not perfect which lack all the freedoms available to impotent intellectuals unable to threaten power and therefore tolerated to meet, discuss and criticize.
Refuse to set themselves as Judge, Prosecutor and Jury condemning progressives who have the courage to defend revolutionaries. The most appalling instance is Susan Sontag’s scurrilous attack on Colombian Nobel Prize winning novelist, Gabriel Garcia Marquez, who she accused of lacking integrity and being an apologist of Cuban terror (sic). Sontag made her blood libelous accusations in Bogata, Colombia. The Colombian death squads working with the regime and the military kill more trade unionists and journalists than any place in the world, and do so , for far less than being an “apologist” of the Castro regime. This is the same Sontag who was an enthusiastic supporter of the U.S. imperial invasion and bombing of Yugoslavia, apologist for the fundamentalist Bosnian regime and who was a silent witness to the killing and ethnic cleansing of Serbs and others in Kosova. Moral integrity indeed! The precious sense of moral superiority found among New York intellectuals allow Sontag to finger Marquez for the death squads and feel that she has made a great moral statement.


U.S.-European intellectuals should not confuse their own political futility and inconsequential position with that of their counterparts among committed Latin American intellectuals. There is a place for constructive dialogue and debate but never personal assaults that demean individuals facing daily threats to their lives.
It is easy for critical intellectuals to be a “friend of Cuba” in good times at celebrations and invited conferences in times of lesser threats. It is much harder to be a “friend of
Cuba” when a totalitarian empire threatens the heroic island and puts heavy hands on its defenders. It is in times like this – of permanent wars, genocide and military aggression, when Cuba needs the solidarity of critical intellectuals, which they are receiving from all over Europe and particularly Latin America. Isn’t it time that we, in the United States, with our illustrious and prestigious progressive intellectuals with all our majestic moral sensibilities recognize that there is a vital, heroic revolution struggling to defend itself against the U.S. juggernaut and that we modestly set aside our self-important declarations, support that revolution and join the one million Cubans celebrating May Day with their leader Fidel Castro?

 

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